A los dos días caminando por la calle principal, llena de gente revolucionada, gritando y cubriendo cada espacio vacío que quedaba, la vi. Estaba igual de preciosa que en la librería, aunque con el rostro cansado y la mirada perdida, al igual que yo, no había dormido mucho en este tiempo.
Quise acercarme a hablar con ella, pero una multitud de gente que se cruzó por mi camino hizo que la perdiera de vista. Estuve buscándola con la mirada hasta que alguien tocó mi hombro.
-Hola- dijo, y vi que me recordaba.
Estuvimos dialogando un breve rato, lo que nos permitió la situación de ese momento. Y descubrí que vivía bastante cerca de mí. Por lo que decidí ir a verla al día siguiente, pero no se lo dije.
Después de un mes viéndonos casi todos los días me di cuenta de que estaba enamorado de esa mujer. Pero no creía que ella lo estuviera de mí.
Estuvimos hablando todo ese tiempo de diversas cuestiones. Y pensaba de una forma muy parecida a la mía. Y todas las veces que nos vimos me daba cuenta de lo especial que era. Y sabía que no quería estar separado de ella. Y que debía decirle lo que sentía. Pero no sabía cómo ni cuándo. Y la situación del país no beneficiaba está cuestión.
Un día me contó que cuando era pequeña su madre le contó una historia, decía que ella quería mucho a su abuelo, y todo el tiempo que pasaba con él era el mejor, pero que llego un día que el dejo de estar y dejó de existir y no le había dicho que le quería y no le había dado un abrazo. Y le dijo que siempre que quieras a una persona debes decírselo y recordárselo y demostrárselo todos los días, porque el día que esa persona dejase de estar y no se lo pudieses decir al menos sabes que lo sabe.
Y me hizo pensar.
Y me hizo querer demostrárselo.
Y me hizo darme cuenta de que la quería.
Y me hizo...
Poco a poco consiguió que supiese a la perfección cada detalle de su rostro y que con tan solo una mirada pudiera saber cómo se sentía. Y pasaron los años y seguí con ella cada día, en cada momento.
Apoyándola y queriéndola. Y sobre todo admirándola cada vez más. Y ella a mí. Resultó que sí que estaba enamorada de mí, tanto como yo lo estaba de ella. Y todo el tiempo que pasamos juntos fue maravilloso y no lo cambiaría por nada.
Una mañana de abril, 10 años después, como de costumbre, me levanté animoso a prepararle el desayuno. Era algo como una tradición. Y me encantaba hacerlo, y a ella le encantaba que lo hiciera.
Desayunamos conversando acerca del futuro y lo que nos gustaría hacer, queríamos tener hijos, tres o cuatro.
Después dimos un paseo por la ciudad, estaba preciosa en primavera. Ella y la ciudad.
Al ser sábado ninguno debíamos ir a trabajar, podíamos estar juntos todo el día. Y eso me encantaba.
Por la tarde fuimos al médico, teníamos cita esa día, ya que ella sentía unos dolores en el estómago esos días.
Resulta que estaba embarazada, era una noticia maravillosa, estábamos los dos realmente felices.
Decidimos volver a casa caminando, y yo le estaba contando una anécdota de un edificio por el que pasábamos. Cuando en un cruce llegó un coche.
Iba muy rápido. Y ella cayó al suelo. Y el coche paso por encima. Era la mujer de mis sueños. Era mi hijo. Era...
Al menos aunque jamás volví a verla sabría que le quería como a nada, porque se lo demostré todos los días que pasé con ella y nunca la iba a olvidar